martes, enero 22, 2008

Inteligencia emocional

Pienso mucho en ti. ¿Pensarás en mi?
Te extraño mucho. ¿Me extrañarás tú?
Te quiero mucho. ¿Me querrás tú?
Haces mucha falta en mi vida. ¿Haré falta en la tuya?

Tengo sólo tus imágenes. Hologramas. Todo irreal porque nunca pasó nada. Me he quedado esperando -de pie y sentado-, pero sé que no llegarás.
Conozco que no has sido, no eres, ni serás; pero, ¿será acaso este exilio el causante de tantas ilusiones y de tantas falacias?

Quizá sea el amor; quizá el arrepentimiento; la soledad... no sé lo que es; pero es. Y ni los problemas, ni los rencores, ni las separaciones han podido diluirlo. Cuando ya lo único que tengo es una mezcla de perseverancia y desesperanza, cualquier rastro de inteligencia restante ha quedado oculto tras la miríada de sentimientos centrífugos y centrípetos, que tiran y torturan; que causan demasiado dolor.
¿Por qué me gustaría que supieras lo que pasa? ¿Para qué, si resulta tan triste que tú quieras ser y seas un enigma mentiroso, sordo y extrafalario?
En maestra obra de inteligencia emocional, dejas que las cosas caigan por su propio peso. En incólume monumento a la frialdad, estas siempre a la espera de que venga algo. Lo que sea. Quien sea. Como depredador sin hambre, paciente de reservas para el invierno. Y cómo duele saberlo. Cuánto duele sentirlo y desangrarse frente a ti, sin que siquiera te dignes a olfatear aquello que se te entregó en terrible ensoñación a llenar un espacio, -aunque fuera pequeño-, de tu entraña.
¿Será lo anterior la causa de que mi deseo te ofenda? ¿Será por eso que tu extensión se acabó mucho antes de que mis manos pudieran tocarte? ¿Será por eso que jamás pude sentir el escalofrío de uno de tus acechantes alientos?

Me encantaría que tuvieras en tus venas todo el alcohol que llevo en las mías. Así tendrías un pretexto. Y, de noche, todos los gatos son pardos. Pero ¿qué más da? Al final todo habrá sido un error. Al final mi desempeño no habrá sido el adecuado. Te sentirás mal como siempre y jurarás no que no volverá a repetirse. Y ya tendrás un pretexto.
Pero yo continúo viéndote y pensándote. Escurriendo en la sangre febril: material piroclástico que funde todo a su paso, por ser devuelto a su cuenca.

¿Por qué no me sacan los ojos? ¿Por qué no me descerebran? ¿Por qué no me cortan las manos? ¿Por qué la hemorragia se torna incoercible?
Porque así ha sido siempre nuestra historia. Golpes y tropiezos contra la misma roca; contra el mismo bloque. ¡Tú tan dura! ¡Tú tan gélida!

¿De qué me lleno tanto, si no me das nada?
¿Por qué estoy desbordándome -yo solo- ante la resistencia?
¿Por qué no bebes? ¿No ves que estoy quedándome vacío?
¿Por qué te veo vivir mientras me evaporo hacia una paz que no llega?

¿Alguna vez has amado? ¿Era yo? ¿Eras tú? ¿Fue el momento?