martes, febrero 12, 2008

Anaerobiosis

Qué vas a entender, si nunca fuiste a pararte afuera de cada estación del metro, a contemplar gente salir de sus bocas y escanear con mirada inquisitiva cada cara, cada gesto; a oler humanidad e inmundicia... hasta encontrarte. Como siempre, nunca pude. Y me quedé allí... extrañándote. Sólo, suspirando ante personas que, como a ti, no volveré a ver; personas que, como a ti, añoro sin conocer.
Te odio porque no me has necesitado como yo te necesito. Siempre fue agónicamente doloroso verte partir tranquila después de tus más múltiples, variadas y sospechosas ausencias... marchando y ultimando que la vida era así: pues cuando sólo se puede una hora, una ha de ser. Mil veces te visualicé amenazándome con la frase "de piedra ha de ser la cama... y de piedra, la cabecera".
Fuiste el macho. Tú te escapabas con quién sabe quién demonios... mientras yo me quedaba con todo este infierno de tu impagable débito presencial.
Hoy he cumplido más de un año comiendo mierda. Y ya sé que cada vez que el sabor mejore, reaparecerás para darme atole con el dedo (horario: de 00:01 a 00:00 horas; vengas o no). Bien sabido es que el tiempo de espera prepara a las tripas para hacer de ellas corazón. Comensal obediente, tenedorcito tartaletero fuerte y decididamente asido, listo siempre para reiniciar el ágape..., cuando te marches de nuevo. Entre festínes y banquetes aprendí que esta, tu dualidad 'presencia-ausencia', le da a la caca su sabor original.
Y precisamente hoy se me está atorando en la garganta. Y me estaba preguntando cuándo vendrías a comer a la casa.