Vaso medio vacío
Él recibió una lección de 30 años. Sentado en una taberna con la chica que llenaba un vacío total, se dio cuenta de que había estado equivocado. La deseaba con locura, pero aún no se enteraba de que sólo en esos momentos era feliz. Por la noche sus ojos se iluminaron ante la desnudez de su amante, su corazón latía en frenesí y a punto del desmayo supo que los ratos de soledad, copados de actividades que él pensaba que le traían satisfacciones, en realidad no eran nada; que a partir del pináculo de una mirada que le cautivó, cada día que pasaba se estaba convirtiendo en agónicos estertores de espera.
Él descubrió que la vida rutinaria que vivía con disciplina estaba siendo sometida a una continua comparación injusta: después de ella, lo demás valía mucho menos; casi nada.
Ella era una chica rebelde con cara de ángel. Tenía 20 años y aún tenía que escapar de sus padres para procurarse la libertad que la enviciaba. Los problemas familiares la habían prejubilado de la vida hogareña. Soltera definitiva, amante del viento y las nubes en las que soñaba y se perdía, de vez en cuando se permitía compartir caricias con algún mortal. Con más vida que años, ella sabía disfrutar de cada momento con la intensidad de Peter Pan. Huraña al crecimiento y a la vejez, su máximo temor era la rutina, y la muerte.
Ella construía día a día un país de nunca jamás. Las personas que conocía le aportaban las diversiones que no obtenía de sí misma. Animal social, joven e insaciable, era tan sensible que podía reír y llorar, incluso cuando no debía.
Se habían vuelto amantes al poco tiempo de conocerse. Con todas las diferencias que los hacía polos opuestos, el efluvio hormonal evocaba sus encuentros. Él ya no era el mismo. Su voz buscaba el viento para tocar su cuerpo claro, sus ojos infinitos. La quería, y a veces ella también lo quiso. Ya sabía que el amor es muy corto y muy largo su olvido. Ella le recordó que su alma no se contentaría con perderla, y que en la oscuridad de la noche pasaría encierros mirándose los antebrazos, trazando líneas con la brasa del cigarro, pensando, sólo pensando en que en noches como esa él se acabó la piel en besarla, amó al viento y sus nubes. Sabía que a partir de ese día sólo besaría una boquilla y nadaría entre alquitrán.
Ella preparaba ilusiones. Él preparaba un futuro incierto. La envidiaba. Le recordaba que una vez soñó. Sabe que el tiempo no regresa, y que ella no lo esperará.
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Ah!... felicità... su quale treno della notte viaggerai... lo so... che passerai... ma come sempre in fretta non ti fermi mai. Ah!... felicità... su quale treno della notte viaggerai... lo so... che passerai... ma come sempre in fretta non ti fermi mai.
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Él descubrió que la vida rutinaria que vivía con disciplina estaba siendo sometida a una continua comparación injusta: después de ella, lo demás valía mucho menos; casi nada.
Ella era una chica rebelde con cara de ángel. Tenía 20 años y aún tenía que escapar de sus padres para procurarse la libertad que la enviciaba. Los problemas familiares la habían prejubilado de la vida hogareña. Soltera definitiva, amante del viento y las nubes en las que soñaba y se perdía, de vez en cuando se permitía compartir caricias con algún mortal. Con más vida que años, ella sabía disfrutar de cada momento con la intensidad de Peter Pan. Huraña al crecimiento y a la vejez, su máximo temor era la rutina, y la muerte.
Ella construía día a día un país de nunca jamás. Las personas que conocía le aportaban las diversiones que no obtenía de sí misma. Animal social, joven e insaciable, era tan sensible que podía reír y llorar, incluso cuando no debía.
Se habían vuelto amantes al poco tiempo de conocerse. Con todas las diferencias que los hacía polos opuestos, el efluvio hormonal evocaba sus encuentros. Él ya no era el mismo. Su voz buscaba el viento para tocar su cuerpo claro, sus ojos infinitos. La quería, y a veces ella también lo quiso. Ya sabía que el amor es muy corto y muy largo su olvido. Ella le recordó que su alma no se contentaría con perderla, y que en la oscuridad de la noche pasaría encierros mirándose los antebrazos, trazando líneas con la brasa del cigarro, pensando, sólo pensando en que en noches como esa él se acabó la piel en besarla, amó al viento y sus nubes. Sabía que a partir de ese día sólo besaría una boquilla y nadaría entre alquitrán.
Ella preparaba ilusiones. Él preparaba un futuro incierto. La envidiaba. Le recordaba que una vez soñó. Sabe que el tiempo no regresa, y que ella no lo esperará.
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Ah!... felicità... su quale treno della notte viaggerai... lo so... che passerai... ma come sempre in fretta non ti fermi mai. Ah!... felicità... su quale treno della notte viaggerai... lo so... che passerai... ma come sempre in fretta non ti fermi mai.
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"Verdadero padre, verdadero hijo."
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