Presente inmóvil
Contar una historia es rendirse al tiempo, destruyendo la exactitud de su medida. La palabra y la vida están hechas de tiempo, pero no sólo la palabra no se parece a la vida, ni la reemplaza o la simula, sino que surge a partir de su pérdida irreparable, de su definitivo ocaso. Inevitablemente, narrar es entonces recordar, porque quien actúa no escribe y quien se pone a escribir ya ha dejado de vivir. Por lo menos ha dejado de vivir en la circunstancia que le da argumento a su relato.
La naturaleza abstracta de la palabra no solo no tiene que ver con la naturaleza de la vida, sino que se da sólo en su radical negación, tras la muerte absoluta de los personajes que dejaron de ser para siempre y tras la muerte relativa del narrador que va dejando de ser día a día. Las palabras se dan aquí y ahora. Los hechos se dieron allá y entonces. Si el que fue entonces protagonista tuvo una experiencia alterada de la realidad, el que es ahora el historiador de esa experiencia produce una estructura también alterada de su discurso, cuyas articulación y lógica son mucho más complejas que las habituales. La asociación prevalece sobre la concatenación. La geografía destruye la cronología.
La condición de extranjero es como un destierro de la vida misma. No haber sido conocido aquí en mi infancia y juventud, no tener aquí testigos de mi pasado pachuqueño, transforma la novedad del ambiente en un desvarío mental. España es entonces la materialización de la discontinuidad del Yo como sujeto, un lugar extraño con más costas que altiplano. Elemento agua. Ciudades conservadas en almíbar milenario, cuyos habitantes no están aquí porque ni siquiera están en el tiempo. Están en las playas, como si nada estuviese pasando. El interior se destruye.
Uno de esos seres para los que no está hecho el tiempo, Roberta, que habla incesantemente con sus amantes ocasionales para buscar momentos de eternidad. Sólo estaba para amar, imaginar y contar. Lo propio. Lo ajeno. La escucho, cruzo sus historias, las amplío, las relato de nuevo, sin apenas distinguir entre la información y la ilusión, la prueba y la hipótesis. Lo mezclo. Las situaciones están perennemente abiertas, pues ningún pasado es cerrado del todo y ningún futuro está razonablemente abierto.
Por enésima vez, maldita sea la hora en que llegué a este edificio. El único principio de realidad es llenar el cubo de la basura. Alarmante alegoría de la pérdida del centro, de la crisis de modernidad que acumula ideologías heterogéneas y parciales sin fundamento ni sistema. La indiscriminada mezcla del cubo de la basura se ha convertido en mi orden y explicación del hombre. La bolsa y el cubo son la prueba de que cada día ha existido, que se ha acumulado. Evidencia de que hoy he sido levemente distinto al de ayer y del que vendrá mañana. De que he modificado al medio. No entiendo porqué me obceco en pensar que Roberta podría haber tenido una explicación alternativa; consejos de geisha de las de antes.
He estado desarrollando una nueva tendencia proclive a desarrollar nuevas personalidades. Éstas son nuevas, inciertas, provisionales y hasta detestables. Iguales a la amistad y al amor que he hallado aquí, que han mantenido a mi mente ocupada, que me ha librado de caer de nuevo en el vacío de la soledad autosuficiente; la forma más lúgubre en que las letras te devuelven la devoción. Sin embargo, en el lugar de la discontinuidad, lo que no existía antes, tampoco existirá después. Todas las vidas de todos los amigos paracen divergir de todas las mías. Incluso Roberta, que está casada con su edad y sus sueños, que ya tiene hijos y diferentes linajes; que tiene tantos amantes como adrenalina en su sangre. Cuando las personas se alejan y se siguen alejando: tentativa fallida (debe ser mi culpa, es cierto).
Mi relación con Roberta fue constitutivamente efímera. Hasta hoy toda relación no consanguínea ha sido a plazo. Por interés o caducidad. Por morosidad o exceso. Sin embargo la estreché como si fuera perdurable, como si la conociera y quisiera de toda la vida. Como si los cariños que nos brindamos encarnaran los escasos papeles primordiales que el vínculo de la sangre incansablemente baña para reiterar y asegurar.
Mujer de función polivalente. Mujer adulta, como una de esas figuras devotas y secundarias que pueblan nuestra niñez, pero sobre todo mujer niña, como por ejemplo, una hermana. Una primera mirada directa e intensa, sin velo, que transformó un conocimiento en un reconocimiento, como si los futuros amantes fueran la pareja mítica de los orígenes de la humanidad, los elegidos que se quieren y se protegen desde tiempo inmemorial, indeleblemente. Así me miraba Roberta y yo la miraba a ella, como si fuéramos los ojos vigilantes y compasivos el uno del otro, los ojos que vienen desde el pasado y que ya no importan porque ya saben como están obligados a vernos, desde hace mucho (tal vez nos mirábamos como si fuéramos hermanos mayores ambos y lamentábamos no poder querernos más; o más que como tales).
Cuando ella se fue, me sentí rechazado en esa ciudad que no era mi espacio. Me devolvió a la edad adulta que no es mi tiempo. De nada me sirvió inventarme más papeles familiares. Nuestro plazo se cumplió y quería proponerle una convivencia que me habría convertido automáticamente en un casi marido-casi padre. Era una vez más un juego, una fantasía, porque en realidad seguiría siendo hasta el final solo un amante, prescindible y sustituible, oreja de historias, paño de lágrimas. Presente inmóvil.
La historia puede empezar de nuevo. Como si no hubiera existido o como si fuera un mito. El arbitrio envenena la evidencia; el vértigo cautiva la ilusión. A veces el saber verdadero resulta indiferente y entonces puede inventarse algo mejor, o peor. No obstante nunca sabremos a quién pertenece esa voz, ni dónde está su mundo, ni cómo mide su tiempo.
La naturaleza abstracta de la palabra no solo no tiene que ver con la naturaleza de la vida, sino que se da sólo en su radical negación, tras la muerte absoluta de los personajes que dejaron de ser para siempre y tras la muerte relativa del narrador que va dejando de ser día a día. Las palabras se dan aquí y ahora. Los hechos se dieron allá y entonces. Si el que fue entonces protagonista tuvo una experiencia alterada de la realidad, el que es ahora el historiador de esa experiencia produce una estructura también alterada de su discurso, cuyas articulación y lógica son mucho más complejas que las habituales. La asociación prevalece sobre la concatenación. La geografía destruye la cronología.
La condición de extranjero es como un destierro de la vida misma. No haber sido conocido aquí en mi infancia y juventud, no tener aquí testigos de mi pasado pachuqueño, transforma la novedad del ambiente en un desvarío mental. España es entonces la materialización de la discontinuidad del Yo como sujeto, un lugar extraño con más costas que altiplano. Elemento agua. Ciudades conservadas en almíbar milenario, cuyos habitantes no están aquí porque ni siquiera están en el tiempo. Están en las playas, como si nada estuviese pasando. El interior se destruye.
Uno de esos seres para los que no está hecho el tiempo, Roberta, que habla incesantemente con sus amantes ocasionales para buscar momentos de eternidad. Sólo estaba para amar, imaginar y contar. Lo propio. Lo ajeno. La escucho, cruzo sus historias, las amplío, las relato de nuevo, sin apenas distinguir entre la información y la ilusión, la prueba y la hipótesis. Lo mezclo. Las situaciones están perennemente abiertas, pues ningún pasado es cerrado del todo y ningún futuro está razonablemente abierto.
Por enésima vez, maldita sea la hora en que llegué a este edificio. El único principio de realidad es llenar el cubo de la basura. Alarmante alegoría de la pérdida del centro, de la crisis de modernidad que acumula ideologías heterogéneas y parciales sin fundamento ni sistema. La indiscriminada mezcla del cubo de la basura se ha convertido en mi orden y explicación del hombre. La bolsa y el cubo son la prueba de que cada día ha existido, que se ha acumulado. Evidencia de que hoy he sido levemente distinto al de ayer y del que vendrá mañana. De que he modificado al medio. No entiendo porqué me obceco en pensar que Roberta podría haber tenido una explicación alternativa; consejos de geisha de las de antes.
He estado desarrollando una nueva tendencia proclive a desarrollar nuevas personalidades. Éstas son nuevas, inciertas, provisionales y hasta detestables. Iguales a la amistad y al amor que he hallado aquí, que han mantenido a mi mente ocupada, que me ha librado de caer de nuevo en el vacío de la soledad autosuficiente; la forma más lúgubre en que las letras te devuelven la devoción. Sin embargo, en el lugar de la discontinuidad, lo que no existía antes, tampoco existirá después. Todas las vidas de todos los amigos paracen divergir de todas las mías. Incluso Roberta, que está casada con su edad y sus sueños, que ya tiene hijos y diferentes linajes; que tiene tantos amantes como adrenalina en su sangre. Cuando las personas se alejan y se siguen alejando: tentativa fallida (debe ser mi culpa, es cierto).
Mi relación con Roberta fue constitutivamente efímera. Hasta hoy toda relación no consanguínea ha sido a plazo. Por interés o caducidad. Por morosidad o exceso. Sin embargo la estreché como si fuera perdurable, como si la conociera y quisiera de toda la vida. Como si los cariños que nos brindamos encarnaran los escasos papeles primordiales que el vínculo de la sangre incansablemente baña para reiterar y asegurar.
Mujer de función polivalente. Mujer adulta, como una de esas figuras devotas y secundarias que pueblan nuestra niñez, pero sobre todo mujer niña, como por ejemplo, una hermana. Una primera mirada directa e intensa, sin velo, que transformó un conocimiento en un reconocimiento, como si los futuros amantes fueran la pareja mítica de los orígenes de la humanidad, los elegidos que se quieren y se protegen desde tiempo inmemorial, indeleblemente. Así me miraba Roberta y yo la miraba a ella, como si fuéramos los ojos vigilantes y compasivos el uno del otro, los ojos que vienen desde el pasado y que ya no importan porque ya saben como están obligados a vernos, desde hace mucho (tal vez nos mirábamos como si fuéramos hermanos mayores ambos y lamentábamos no poder querernos más; o más que como tales).
Cuando ella se fue, me sentí rechazado en esa ciudad que no era mi espacio. Me devolvió a la edad adulta que no es mi tiempo. De nada me sirvió inventarme más papeles familiares. Nuestro plazo se cumplió y quería proponerle una convivencia que me habría convertido automáticamente en un casi marido-casi padre. Era una vez más un juego, una fantasía, porque en realidad seguiría siendo hasta el final solo un amante, prescindible y sustituible, oreja de historias, paño de lágrimas. Presente inmóvil.
La historia puede empezar de nuevo. Como si no hubiera existido o como si fuera un mito. El arbitrio envenena la evidencia; el vértigo cautiva la ilusión. A veces el saber verdadero resulta indiferente y entonces puede inventarse algo mejor, o peor. No obstante nunca sabremos a quién pertenece esa voz, ni dónde está su mundo, ni cómo mide su tiempo.
"Verdadero padre, verdadero hijo."
3 Comments:
Todo lo que escribes es precioso. Lo que daría yo por encontrar un hombre capaz de expresar así sus sentimientos. De verdad eres especial.
Gracias por tus bellos cumplidos; eres la primera persona que deja un comentario en... ¿5 años? Je, je, je, hasta vergüenza me da pensarlo. En fin, que debo decirte que muchas cosas son mías pero otras son plagios. De todas maneras, me alegro de que compartas conmigo el gusto por la prosa melancólica y el paroxismo de la tragedia sentimental escrita. Nuevamente ¡gracias!
De nada!!! un beso, me encantaría seguir leyendo cosas sobre ti, lo que se te ocurra.
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