El amante ideal
Sí, él se sentía el mejor porque amaba verídicamente. Sin embargo, para sus amadas, no fue lo suficientemente bueno ni valioso como para ameritar ser amado en reciprocidad. Nadie nace enseñada; todas tienen que sufrir primero y llevarse tres o cuatro desengaños gordos, para segar el tracto de la ceguera.
Pensándolo bien, era descabellada la posibilidad de que el amor verídico, que sólo él profesaba, no fuese más que una idea egoísta y acaparadora de cualquier muestra de afecto. Eran mentiras las ideas de necesidad y absorción tan vehementes como la esponja del déficit de amor propio que él NO padecía en su interior.
Si él era capaz de mirar fijamente a la cara, fingir interés absoluto en las necedades, y en realidad tener la mente en los asuntos propios...; si imaginaba que su plan de vida era mejor que el de los demás y siempre intentaba acomodar los planes de sus seres queridos al plan definitivo, o sea el suyo...; naturalmente era así porque, mientras todos los demás cavilaban en pequeñeces, él se la pasaba concatenando magistralmente los escenarios para arreglar el futuro de todos, con la delicadeza de un elefante que se desplaza a lo largo del pasillo de una cristalería.
Qué varonil e inteligente se le veía allí, tirado en el suelo de su apartamento, suspirando y llorando la injusticia de los amores que habían preferido las opciones que él consideraba las peores. Era claro que ellas encontrarían todo lo que sueñan, sólo con él, dentro de esa burbuja suya de plazos largos que cada día iba hinchando con el aire de infalibles, inefables y procrastinables planes de autosuperación... el éxito llegaría... el éxito llegaría... el éxito llegaría... el amor... ¿llegaría?
¡Cuánta ingratitud hay en el mundo! Pero sobre todo, qué ciegas están todas.
"Verdadero padre, verdadero hijo."
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