lunes, agosto 01, 2011

Me temo que no lo sé, aún

El tiempo transcurre inexorablemente y me acerca al momento de… ¿de qué? No lo sé, aún. Sigo esperando el talento que un día tendría que llegar. El que tendría que aparecer como por arte de magia, pero también como dejando ver que ha estado ahí desde el principio. El que está esperando por un gatillo que lo percuta y por un plan que desencadene su emanar de cauce paulatinamente mayor.

Llega la fase en la que el pozo de la verborrea se agota. Ahora la cara de aburrimiento se ve acompañada de muchas iguales. Ya no somos novedad; yo no soy guapo.

Se suponía que con la edad se iba a ir ganando en… ¿en qué? No lo sé, aún. Y con pánico pasivo contemplo que, al contrario, mi vida cae en un pasotismo cada vez más profundo. Tengo la sensación de ir perdiendo facultades en lugar de ir obteniendo aquellos recursos que aprende el diablo, más por viejo que por diablo. Aquél que un día se pensó ser responsable, hoy responde por defecto.

Si la energía no se crea ni se destruye… ¿también se te puede ir del todo? Me cuesta creer que la única energía que vive en mí sea la del catabolismo; la justa para mantener las funciones vegetativas y algún amago esporádico de sinapsis superior, quizá como ominosa señal de denervación neocortical.

¿Qué clase de estímulo, aparte del hedonismo, puede hacer renacer al ánimo? Hoy por hoy me mueve más entretener a los demás para que quieran estar conmigo y no me abandonen. Antes buscaba estar sólo. Me bastaba conmigo mismo y mis tufos de falso intelectual. Hoy mi necesidad es más como el de una prima dona, histérica e histriónica. ¡Por favor, no me dejes!

Qué fea realidad es que nadie esté interesado en mis necesidades y se fijen sólo en mis necedades (para aprender, dicen, lo que no se debe de hacer). Todo el mundo está interesado sólo en los propios asuntos. Y ahí me tienes, infundiendo interés falso, protocolario y educado, para al menos sentirme -al menos- dueño de mi destino; procurándome –al menos- la atención que nadie me brinda naturalmente.

Me temo que la vida va a ser así siempre. Me temo que no consiga acostumbrarme a ello. Me temo que voy a tener que ponerme a estudiar mucho, a gastarme los sueldos en cursos, a invertir en volverme un gran profesional… ¿para qué? No lo sé, aún. Quizá sea para que, el día en el que se intersequen la soledad y el paro, tenga a bien decir alguna una frase inteligente que disculpe mi fracaso, como la mítica “en mí no quedó” y no les resulte tan fácil desvelarme en mis mentiras.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Hay mucha sensibilidad en este pensamiento, además de inteligencia, gentileza y belleza, que en absoluto se pueden fingir porque son innatas. En cualquier situación es posible experimentar la fuerza necesaria para cambiar las cosas, no es más que asumir la responsabilidad para llevarlo a cabo. Se deduce que eres muy exigente en el plano profesional, y quizás por eso no reconoces tu talento, pero es obvio que los que te rodean deben hacerlo. El presente condiciona el futuro, así que es esencial creer en uno mismo para lograr el éxito, se trata de actuar con efectividad, y no perder el tiempo imaginando el peor de los escenarios.

8/15/2011 2:38 a.m.  

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